Domingo 23 de diciembre. Tres personas nos plantamos a las tres de la tarde en la madrileña Plaza de Castilla donde estaba previsto que una furgoneta de Zeppelin nos recogiese para llevarnos al enclave más mediático de España: la casa de Gran Hermano en Guadalix de la Sierra. Con las cámaras preparadas, los cigarros consumiéndose y los nervios a flor de piel, recorrimos el mismo trayecto que seres como Melania o Amor hicieron en su día. Tras pasar por las maravillosas villas del extrarradio madrileño, tomamos un desvío y luego otro para terminar en un camino de cabras sin asfaltar que llevaba a una nave industrial en lo alto de un montículo: brillaba el sol sobre la casa de Gran Hermano.Bajamos, enseñamos nuestros DNI para que el equipo de seguridad comprobase que no somos delincuentes o algo así y nos encontramos con una de las productoras del programa, quien nos hizo una extensa visita guiada por la casa y sus aledaños: la sala de control, las salas de edición de vídeo… las oficinas donde el equipo técnico y humano desempeña su trabajo están anexas a lo que es la casa de Gran Hermano, y ya casi podíamos sentir el olor a humanidad que despedía la casa (es un decir).
Antes de entrar nos advirtieron: éramos un grupo especialmente privilegiado ya que podríamos entrar dentro de la casa de Gran Hermano 9, ya que los cinco finalistas estaban en ese momento recluidos dentro de la suite-bunker. Resultado: podríamos pasearnos por la casa como Pedro por su ídem y recorrer alegremente los pasillos que Los Palacios habían recorrido horas antes en busca de un poco de rimel que echarse a las pestañas. Para nuestra sorpresa, nos encontramos de repente en lo que parecía un gran almacén industrial: una enorme superficie dentro de la que, año tras año, se construía y destruía la casa de Gran Hermano. Tanto es así, que vimos fragmentos de paredes de las anteriores casas. Sin saberlo nos encontrábamos en el templo sagrado de la televisión española (es otro decir).
Entramos a la casa de Gran Hermano por la sala del jacuzzi, que ya estaba comenzando a ser desmantelada. De repente habíamos pasado de estar en las oficinas de la empresa para estar en la pajarera, donde no quedaba más rastro de los loros que un montón de excrementos y un nauseabundo olor. De ahí pasamos al jardín, por donde nos paseamos alegremente y comprobamos que en la tele todo parece mucho más grande. La sala de la webcam ya no existía y se había convertido en el almacén donde los finalistas tenían su ropa despanzurrada. Nuestra productora-guía abrió la puerta y vimos las bragas de Los Palacios, los calzoncillos de Oliver, los collares de Rodrigo y las botarras de Judit. Ni que decir que olía a choto cosa mala, aunque nuestra Cicerone particular nos advirtió de que estos, al menos, eran limpios. Qué horror.
Salimos de la casa, dimos la vuelta por fuera y entramos de nuevo por el almacén. La casa tal y como la veíamos por la tele se mostraba ante nuestras narices: aún quedaba por ahí comida de los chicos, alguna que otra bufanda olvidada, moribundas botellas de aceite… y los guantes de uno de mis compañeros, que finalmente se quedaron en la casa por un descuido de su propietario. Salimos del almacén directos hacia el confesionario. El confe. Estábamos en el mítico confe. Ahí, nos hicimos una foto sentados cual Conchi y Pamela . Estábamos en la casa de Gran Hermano.
Luego vimos el salón tal y como ellos lo dejaron, la cocina con los restos de la cena del jueves (la peste que echaba era tremenda), el baño que les ampliaron pocos días antes de irse, la mesa, la jaima en la que dormían… Vista desde dentro, la casa es un lugar extraño y pequeño. Aunque desde casa no lo parezca, es más un plató con sofás que otra cosa: las paredes de pladur, el suelo falso, las cámaras que se mueven, giran y hacen ruiditos… Un mundo aparte. Últimas fotos en el salón y nos dirigimos a la salida. Dentro de la casa, nos cruzamos con los ganadores de un concurso para visitar la casa, que estaban acompañados de otro guía productor y de la incólume Jani (GH6), ese día, con unos aires de diva insoportables. Cuando intentamos abrir la puerta, la guía-productora nos reveló que, por un descuido, estábamos encerrados en la casa. ¿Y si empezaba ya GH10 y nosotros tan felices? Qué momentos de angustia. No fueron ni diez minutos, pero más de uno teníamos ya ganas de ir al confe a poner a parir a alguien. Pasado el momento de crisis, otra productora nos abrió desde fuera y nos fuimos a ver el backstage de la suite-bunker.
Salimos de la casa, recorrimos un oscuro pasillo y silenciamos nuestras voces: los chicos estaban tras los cristales viviendo su televisada vida, y nosotros éramos testigos de excepción del momento. Al primero que vimos fue a Oliver en el confesionario desde detrás de los cristales-espejo que inundan las casas televisivas. De ahí pasamos a ver el salón, desierto: los chicos estaban en el patio realizando su prueba. De repente, entra Conchi y todos contenemos la respiración: mira hacia nosotros y damos un respingo. ¿Nos habrá visto? Falsa alarma. La palaciega se atusa el pelo, deja una chaqueta y vuelve al patio. Dos palabras nos salieron de la boca: ‘qué fuerte’. Nos desplazamos hasta el cristal que da al patio. Allí les vemos, realizando su prueba semanal, cual peces en su acuario. La otra foto que acompaña al post muestra la cámara que les graba y a escasos metros de los finalistas de GH9. Las fotos precedieron al silencioso debate sobre quién debía ganar. El 80% ya nos decantábamos a favor de Judit. La visita finalizó.
Nos despedimos, agradecidísimos, de nuestra estupenda guía. Ya no volveríamos a ver Gran Hermano con los mismos ojos después de esa tarde. En el exterior de la nave donde se escondía la magia de GH nos fumamos un cigarro casi de postcoitum y volvimos a la furgoneta. Regresamos a Madrid mientras la casa de Gran Hermano se perdía a los pies de la sierra madrileña.
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*Texto extraído de: foros.lagateradigital.com gracias a cazurrín y a su amigo por compartirlo.



Judit - 32 años - sociologa y educadora sexual - A Coruña